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26/05/2020

Alejandro Nespral, pediatra y jefe del Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Dr. Ramón Carrillo de Bariloche (Río Negro, Argentina)

 

Publicación original: fundacionipa.org

 

Se viene, es obvio. En general, me siento preparado para una charla así. Me gusta el tema «niños y muerte». Pienso en eso, hablo de eso, leo de eso. Pero como no podría ser de otra manera, hoy estoy extenuado. Lo último que quiero es hablar de la muerte con mi hijo. El trabajo está asfixiante. Hace mucho que no tengo un fin de semana digno, maldito virus. Mis últimas gotas de energía vital se acaban de escurrir con ese llamado de recién para aclarar un malentendido con no sé quién del hospital. Suspiro, como distraído; espero que me hable de una vez.

Pasan unos segundos y nada. Se deja llevar por los dinosaurios.

Aprovecho y sigo cortando zanahorias. Lo hago con máxima atención, sobre todo, evitando cortarme un dedo. En la segunda semana de pandemia (en esta época, la mejor forma que encontré de llevar la cuenta de los días es con el calendario del aislamiento), me rebané un dedo. Sangre y dolor. Y bronca, porque en realidad lo que más me dolió fue el orgullo. Ale, poné bien el dedo.

El trabajo parece sencillo, pero para mi torpeza manual es un desafío gigante: de una zanahoria me autoimpuse la tarea de obtener rodajitas simétricas, la ilusión de lo gourmet. Y allá voy, confiado en la idea de que, si existe la papa al horno, por qué las zanahorias no pueden gozar también de ese destino culinario.

Preferí no guglear la receta. Tampoco tanta ciencia; condimentar un poco, esparcir algunas hierbas finas. Y tomarme un vino, cosa que si la comida no sale rica, por lo menos me pueda marear un rato. Alguien alguna vez me dio ese consejo. Lo voy a poner en práctica. Descorcho un tinto. Hasta acá, sin dudas, la pandemia que más alcohol tomé. Los dinosaurios siguen mansitos allá en el sillón, mejor no molestarlos.

Pero no tengo que bajar la guardia; la pregunta está al caer. Porque él es así, un poco disperso, un poco inquieto, pero en algún momento dispara. A veces, parece como si tuviera varios cerebritos andando a la vez. En este momento está en modo tiranosaurius, pero en cualquier instante va a volver a la carga con su cerebro pregunta-incómoda activado.

Por otro lado, lo entiendo. En esta distopía viral, ¿a quién no se le ocurre pensar (al menos en algún momento) en la muerte? Ahí está él, con sus ocho años, hijo de un padre que trabaja con la muerte, listo para empujarlo a su propio barro.

Pienso que lo mejor es decirle que sí, a secas. Que te podés morir, pero que la mayoría de la gente que se enferma sólo tiene una gripe leve. Es decir, la misma explicación que le daría a una tía para salir del paso. O quizás me convenga explicarle que sólo el cinco por ciento de las personas que se agarran este coronavirus se enferman y se ponen graves. A él siempre le atrapan las explicaciones matemáticas del mundo. Aprovecharía eso, y entonces, al decirle «cinco por ciento», cruzaría los dedos para desviarle la atención hacia una conversación numérica en la que él me preguntaría qué quiere decir por ciento y yo le explicaría y todo se diluiría. Listo, tengo un plan.

No es que no me gusten estas charlas. Pero no hoy, la energía que tengo apenas me alcanza para cortar estas zanahorias. Pienso en ellas y me agarra una duda: ¿debería hervirlas antes? Supongo que no. Como las papas: se pelan, se salpimentan y a esperar que el horno convierta en delicia el que probablemente sea el plato con mejor relación inversión-resultado que la cocina amateur nos puede regalar: la papa –en este caso zanahoria– al horno.

Me sirvo más vino. Lo huelo. Actúo de sommelier. Brindo en el aire conmigo mismo.

Abro el horno para ver cómo va todo. Creo que bien; no tengo marco de referencia. Sigo con el vino. Desde la zona sillón se perciben movimientos.

–Papá, sigo sin entender cómo puede ser que un solo asteroide haya matado de una a todos los dinosaurios.

Está obsesionado con ese tema. Creo que es su debut en las ligas de las teorías conspirativas. Considera absurda la idea del meteorito exterminador. Yo también dudo, y cada vez que puedo lo cebo con el tema. Sin embargo, lo conozco bien, hoy no quiere hablar del tema aniquilación de dinosaurios.

Es evidente que no sabe cómo comenzar la charla sobre si el coronavirus te puede matar y está buscando una estrategia de acercamiento. Lo entiendo. Hablar de la muerte no es fácil.

Pasa que cuando le diga que sí, que uno se puede morir de coronavirus, su siguiente pregunta va a ser obvia y le voy a tener que admitir que yo puedo ser uno de esos futuros muertos. Y eso daría lugar a otra charla más larga, más profunda. No, no puedo. Hoy no puedo. ¿Y si lo desafío preguntándole cosas difíciles de dinosaurios? Quizás logre distraerlo.

 

llustración: Nadia Be (Fundación IPA)

 

Fue hacia el final de la primera semana de encierro preventivo y obligatorio que comencé a pensar que me podía pasar también a mí. «Pasar». Ni me animo a escribir «que me puedo morir yo también».

A la botella le queda menos de la mitad y –más que disfrutar el vino y el gusto en boca con delicadas notas de durazno y pimiento verde– siento angustia. Ya fue, le voy a decir que sí, que yo me podría morir. Que soy médico y que mi profesión es de riesgo, pero que me entrego a ella. La estrategia del relato heroico. Y justo ahí, cuando me pregunte si no puedo dejar de ir al hospital –porque lo conozco y sé que me va a preguntar eso–, voy a tomar aire y le voy a dar una de esas enseñanzas que recuerde cuando sea grande:

«En la pandemia de coronavirus del año 2020, mi viejo me dijo algo que nunca olvidé». Y dentro de varias décadas, cuando le relate la anécdota a un amigo, seguramente la contará distinta, y hará hincapié en que yo intentaba cocinar, pero que tenía escasas habilidades culinarias y que hablaba mucho de la muerte con la gente pero que cuando había que hablar en serio, me hacía el boludo.

–Papá –dijo, con tono de quien ya está listo para escupir lo que viene amasando.

Las noticias de España e Italia para ese entonces (hace mil años que fue hace quince días) caían como baldazos de agua cada vez más fría y temerosa. Como Messi en su mejor temporada: cada día un récord nuevo, sólo que de infectados y muertos.

Lo miro. Tiene esa mueca que le conozco, la cara del cerebrito prendido en modo agarrate que estoy a punto de cambiar de tema. Es cuestión de segundos.

Está tomando aire para empezar a hablar. Lo entiendo, no es fácil preguntarle a tu papá si se va a morir.

Abro el horno. La fuente de zanahorias está ahí, inerte, muy parecida a cómo la dejé, todas las rodajitas cortadas simétricas. Como un autómata, busco un repasador para no quemarme, agarro la fuente, la saco, la apoyo sobre las hornallas. Con una cuchara de madera, como quien con un palo quiere ver si el sapo ya está muerto, las muevo. A través de todos mis sentidos, me llega la misma información: olor a quemado, color de quemado, gusto a quemado. Incomibles. Me faltó girarlas, qué gil. Miro la copa de vino, casi vacía. Me siento mareado, me acuerdo del refrán.

–¡Papá! –repite. Esta vez con tono exigente.

Me resigno. El escenario es complejo: zanahorias negras y poco simétricas, y yo borracho y angustiado, a punto de asumirle a mi hijo mi propia muerte. Giro en dirección al sillón y me dispongo a comenzar de una vez por todas la conversación.

–¿Hoy qué comemos?… ¡Papá!

 

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