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31/07/2019
• MATÍAS NAJÚN•
 
Jefe del Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario Austral y director del Hospice Buen Samaritano. Buenos Aires (Argentina)

 

 

«El asombro te conduce a la aventura de conocer los misterios de la vida»

 

Mis primeros pasos como médico paliativista los di en febrero de 2001 con una rotación por la UCP de Los Montalvos en Salamanca, donde los doctores C. Centeno y Paco Vara, sin saberlo, marcarían mi futuro profesional.

Cuando repaso este camino, aparecen los distintos momentos que comúnmente todos recorremos y que van forjando tu ser paliativo.

Luego de aquellos años de formación inicial, vino la práctica asistencial con creciente dedicación y responsabilidad, comenzar a insertarme en la realidad paliativa del país, profundizar conocimientos, sucesivos espacios docentes, comenzar a liderar y gestionar equipos… Y todas estas etapas, siempre asentadas en la experiencia única junto a la cama del enfermo. Cada etapa tiene su emoción, su complejidad, su adrenalina y conlleva actitudes y capacidades que adquirir. Es un privilegio ser parte del final de la vida de tanta gente mientras encarnamos nuestra profesión.

En estos primeros días de julio, dos situaciones muy distintas me hicieron volver a pensar en este camino.

Hace unas semanas, recibimos en el Hospital Universitario Austral una nueva evaluación de la Joint Commission International (JCI) para acreditar calidad y seguridad. Una prueba exigente para todos los servicios, incluido el nuestro. Presentamos nuestros tableros de control, estándares de trabajo, nuestras estadísticas de atención y nuestras guías clínicas. Poder registrar nos permite analizar, mostrar nuestro trabajo y crecer. Nos fue muy bien. Pero, ¿cómo transmitir a los evaluadores la hondura de los procesos que acompañamos y lo que cada uno de nosotros vive?

Esa misma semana falleció el padre de un amigo cercano, con cáncer de pulmón muy agresivo. En casi 20 años como médico paliativista, he ido muy pocas veces al entierro de un paciente, me alcanzan los dedos de la mano para contarlas y, en general, fue tras el fallecimiento de algún joven que me conmovió especialmente. En esta oportunidad fui. Era alguien muy querido por su gente.

Acostumbrado a estar en esos momentos previos a la muerte con las palabras y los gestos necesarios, esta vez me encontré jugando en otra cancha, silenciado y sensibilizado. Qué importante, de vez en cuando, es poder ver lo que pasa el día después de las partidas. Me asombró el impacto, histórico, social y humano, de cada persona que muere. Qué obviedad, ¿no? Pero me gustó volver a asombrarme.

Frenar para mirar más allá

El asombro o admiración, decían los antiguos, es la interrupción en el continuo de lo familiar y conocido, la perplejidad y la pregunta que esa interrupción despierta. El asombro es como el paso previo a dar un salto. Implica frenar para a mirar más allá de lo que se ve.

Muchas veces perdemos el asombro por lo que sucede en nuestro derredor paliativo. Perdemos aquella mirada original, de cuando éramos como «niños» paliativos. La muerte ya nos resulta demasiado familiar.

Le ocurre a casi todo el mundo. Puede pasar que cuantos más conocimientos adquiero, menos asombro queda. El espacio interior acaba tan lleno de conocimientos que el asombro desaparece; no queda espacio en el que el asombro pueda morar.

Pero también puede haber otras causas. Quizás la rutina, «todos los pacientes son iguales»; quizás nos ponemos más técnicos y el rol le gana al ser humano; quizás nos desgastamos y perdemos empatía; quizás la velocidad diaria nos pone muy superficiales o quizás, al entrar en cada habitación, estamos pensando más en nosotros mismos que en ellos, que son quienes se están muriendo. La pérdida del asombro no es lo importante, es solo un síntoma.

Mirar a los ojos e inspirar confianza

En realidad, trabajando en cuidados paliativos todos los días hay situaciones que a cualquier ser humano le interrumpirían bruscamente su «continuo y familiar» devenir, pero que para nosotros son habituales. Es importante tener esa «cierta costumbre» sobre la muerte para poder continuar día a día; pero cuán necesario es también poder asombrarnos de tantas cosas que ocurren mientras transitamos el límite de la existencia.

¿Cuándo fue la última vez que te asombró lo que vivió un paciente? ¿O que disfrutaste el efecto que tiene mirarle a los ojos e inspirar confianza? ¿Cuándo fue la última vez que te quedaste sin palabras frente al misterio de la vida y la muerte? ¿O que percibiste la trascendencia de una agonía y esas últimas respiraciones?

¿Cuándo fue la última vez que admiraste a quienes han podido aceptar su enfermedad? ¿O que te conmovió el heroísmo de esos familiares que tanto cuidan? ¿Cuándo fue la última vez que te maravilló saber que tu profesión puede transformar la vida de la gente? De los que se van y de los que se quedan…

Siempre propongo en nuestras reuniones de equipo conversar sobre alguno de esos momentos intangibles y sutiles de los encuentros con los pacientes. Que no se pasen de largo. Poder hablar de tantas cosas que no reflejan nuestros ESAS¹, que muchas veces son las reflexiones que hacen más sabrosa y eficiente nuestra tarea.

Mantener el asombro paliativo es tan importante como mantenernos actualizados. Creo que hay muchas oportunidades diarias, pues cada persona es única y cada momento, irrepetible. Algo así como volver a sentirnos turistas en nuestra propia ciudad.

Creo que, teniendo la oportunidad de estar allí, somos responsables de sostener la capacidad de asombro para no perdernos la sabiduría que emana de cada cama, y para que ellos también puedan vivir esos días como lo que son, los últimos e irrepetibles.

(1) Edmonton SymptomAssessmentSystem

 

*Artículo publicado en el número 6 del boletín ‘Actualidad SECPAL

 

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